El silbatazo cayó como cae una puerta de metal: seco, final. En el tablero seguía el 1-1, terco como una deuda vieja, y el estadio entero soltó ese ruido raro de las multitudes cuando entienden que todavía no pueden irse ni celebrar ni morirse del todo. Tiempo extra. Vega se acomodó en el asiento, la camisa pegada a la espalda, y miró abajo. El césped sintético devolvía la luz de los reflectores con una crueldad de plancha. Los jugadores iban de un lado a otro con las piernas pesadas, diez y diez hombres sobre una alfombra de plástico que ya les había cobrado noventa minutos y venía por media hora más. Uno se dobló con las manos en las rodillas. Otro caminó unos pasos como si estuviera recordándole a sus músculos para qué servían. El partido ya no tenía nada de elegante. Tenía la cara hinchada del cansancio. En las gradas mexicanas tampoco quedaba aire para la fiesta. Las banderas seguían arriba, sí, pero ya sin baile; colgaban y temblaban apenas en manos sudadas. Desde el palco, la multitud parecía una sola criatura caliente, apretada contra su propia fe, miles de gargantas listas para gritar cualquier cosa con tal de no quedarse calladas. Eso también lo conocía. Primero cantan. Luego rezan. Al final negocian con santos en los que no creen desde bautizo. Tomó la pluma y la hizo girar entre los dedos. Tiempo extra, escribió. Luego lo miró con mala cara, como si la frase le hubiera faltado al respeto. Tiempo extra en México era una especialidad de la casa en materia de sufrimiento. Le había tocado verlo demasiadas veces, cada una con su decorado distinto y su misma mala leche de fondo: México 70, la gente llorando como si se hubiera acabado el país; los penales del 86…
Chapter 2: El Vuelco
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