La luna era apenas una moneda gastada sobre los campos cuando Amín y Alfredo abandonaron la taberna de Tres Aguas, y quizá por eso ninguno de los dos reparó en el pequeño destello que surgió entre la maleza, a unos cientos de pasos del camino. Era el reflejo de un cristal, la lente de un catalejo sostenido por unas manos que permanecían ocultas en la oscuridad. Hacía tres horas que bebían, jugaban al whist y se burlaban de la afición del pueblo por aquel juego inglés cuando Amín había escuchado a Gonzalo hablar en voz baja junto a una candela. Algo había ocurrido río abajo. Una enfermedad, decían unos. Una maldición, decían quienes todavía recordaban lo sucedido en el norte. La mayoría de los habitantes del pueblo vecino había huido; los demás habían hecho lo que habían podido, expresión que en aquellos lugares servía para nombrar todas las formas posibles de morir. Amín dejó la cerveza sobre la mesa y despertó a Alfredo de una patada en el taburete. Poco después cabalgaban bajo la luna, con el silencio de los campos extendiéndose a ambos lados como un mar negro, sin saber que alguien los observaba ni que aquella noche, que hasta entonces había sido una más entre tantas, estaba a punto de partir sus vidas en dos. El aire olía a tierra fría y a humo lejano. Alfredo, que llevaba peor la bebida, dejó que su caballo avanzara unos pasos por detrás y preguntó si de verdad había creído a Gonzalo. Amín tardó en contestar. —He creído su miedo —dijo finalmente. —Y Gonzalo no se asusta con facilidad. Alfredo soltó una risa corta, más destinada a tranquilizarse que a contradecirlo. Durante unos minutos solo se escucharon los cascos y el roce de las ramas. Amín recordó entonces la manera en…
Chapter 1: Tres Aguas1. Tres Aguas
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